viernes, 13 de noviembre de 2009

Porque escribí



A Cristina y Angélica



Ahora que quizás, en un año de calma,

piense: la poesía me sirvió para esto:

no pude ser feliz, ello me fue negado,

pero escribí.



Escribí: fui la víctima

de la mendicidad y el orgullo mezclados

y ajusticié también a unos pocos lectores;

tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;

una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.



Pero escribí: tuve esta rara certeza,

la ilusión de tener el mundo entre las manos

—¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco

con toda su crueldad innecesaria—

Escribí, mi escritura fue como la maleza

de flores ácimas pero flores en fin,

el pan de cada día de las tierras eriazas:

una caparazón de espinas y raíces



De la vida tomé todas estas palabras

como un niño oropel, guijarros junto al río:

las cosas de una magia, perfectamente inútiles

pero que siempre vuelven a renovar su encanto.



La especie de locura con que vuela un anciano

detrás de las palomas imitándolas

me fue dada en lugar de servir para algo.

Me condené escribiendo a que todos dudarán

de mi existencia real,

(días de mi escritura, solar del extranjero).

Todos los que sirvieron y los que fueron servidos

digo que pasarán porque escribí

y hacerlo significa trabajar con la muerte

codo a codo, robarle unos cuantos secretos.

En su origen el río es una veta de agua

—allí, por un momento, siquiera, en esa altura—

luego, al final, un mar que nadie ve

de los que están braceándose la vida.

Porque escribí fui un odio vergonzante,

pero el mar forma parte de mi escritura misma:

línea de la rompiente en que un verso se espuma

yo puedo reiterar la poesía.



Estuve enfermo, sin lugar a dudas

y no sólo de insomnio,

también de ideas fijas que me hicieron leer

con obscena atención a unos cuantos psicólogos,

pero escribí y el crimen fue menor,

lo pagué verso a verso hasta escribirlo,

porque de la palabra que se ajusta al abismo

surge un poco de oscura inteligencia

y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.



Porque escribí no estuve en casa del verdugo

ni me dejé llevar por el amor a Dios

ni acepté que los hombres fueran dioses

ni me hice desear como escribiente

ni la pobreza me pareció atroz

ni el poder una cosa deseable

ni me lavé ni me ensucié las manos

ni fueron vírgenes mis mejores amigas

ni tuve como amigo a un fariseo

ni a pesar de la cólera

quise desbaratar a mi enemigo.



Pero escribí y me muero por mi cuenta,

porque escribí porque escribí estoy vivo.


Enrique Lihn


lunes, 26 de octubre de 2009

De costado

Te tumbas de costado y mi almohada. Me dejo caer sobre el borde de la cama y te miro que miras mi reflejo y no lo sabes, entornas los ojos, humedezco con la lengua mi dedo anular y la cremallera baja. Te miro en el reflejo y me miras. Escondes la sonrisa en el cubre que dobla tu lienzo bajo su mejilla y suspiras, hago como que no te escucho, hago como que siempre ha sido, hago que me he sacado las botas sola. Te miro de soslayo e insinúo un detalle de dolor al girar la cabeza y preguntarte. Te pregunto no sé qué cosa y me desdibujo de frente otra vez, te regalo la sombra de mi tronco, y te huyo de cara. Retiro el cansancio de una manera no disimulada y acaricio varias formas de cadera. Te miro en el reflejo de la ventana y no sabes que lo hago, y miras y sonríes y me intuyes y me dejas en pausa. Descubro mi espalda y sacudo la cabeza entonando la columna con intencionalidad.

El mentón se tiñe de orgullo y no lo has visto.

sábado, 24 de octubre de 2009

Recuerdos suspendidos

“... A veces viene la tristeza de un lugar o del aire,
de la amistad caída o de un nombre vacío”
Lorena del Hierro

A veces viene,
se cuela por el hueco de la falda,
inundando pecho y pensamiento,
una espada empuñada hacia lo alto
clavándose contra el aire y la luz,
apagando los destellos con sus dentelladas.

A veces viene la tristeza,
de los recuerdos caídos sorbidos en el llanto,
deshojando margaritas,
una flor y otra desterradas suave la tristeza
se instala con su maletín de viaje,
fiel compañera a veces viene sacudiéndose el polvo del camino
o dándole patadas a las piedras.

La tristeza,
a veces viene,
desangrándose en el corcho,
un alfiler no pluma ribeteado en las pupilas,
mira hacia abajo y no puede sonreír.
La tristeza se encoge en el alma
en el urbe de los pensamientos
y se hace grande al afilar su dureza contra el cristal de la añoranza.

A veces viene la tristeza de un lugar o del aire
de la amistad caída o de un nombre vacío.
Se mira y no se mira,
se toca en sus entrañas...
la tristeza viene acompañada de los recuerdos en suspensión flotando en el aire.

Natalia Ruiz de Cenzano

Pesa del recuerdo

En un cajón al fondo de la sala pesan los recuerdos,
baratijas de la entre tienda
de un sótano caído entre las luces,
de un palpitar de musarañas en el ombligo.
Las letras se salen de su araña, de su comedero y se mecen en la mirada,
pupilas bajas de acantilado,
junto al precipicio se detienen las ganas de volar.

En la sala transitan los poemas...
los que se visten de lucero y en la época infiltrada
el sueño aporreando ese nombre maldito,
que escuece que pica que ronronea entre sabores
y un olor se contonea, se aferra al frasco de perfume
y en la almohada lágrimas,
con sabor a rancio a sal aguada.

No sabes cuánto eché de menos los paseos junto al mar,
volcar la góndola en los canales,
fundirme en el mundo submarino
y en el cajón pesan los recuerdos y no los miro
porque tropieza el alma en cada canto,
en cada pétalo de flor marchitada,
en cada pluma de ave puesta a disecar.

Y se entrecruzan los misterios, se hunde el mundo,
que si existes es porque te pienso... rana.



Natalia Ruiz de Cenzano

Tintura de labios

Me perdonas,
el derrumbe de una puerta al marcharme,
al hundirme en los escombros de la mañana
al respirar nubes entrecortadas de silencio,
al despegarme de la bruma con sigilo
como quien aspira a una muerte silenciosa.

Me perdonas
por haber lavado las ausencias,
en un trozo amarillento de pergamino
y haber quebrado la voz,
al haber saltado la ventana
y derribar barreras a mi antojo,
por haber salvado las compuertas
que se entreabren como labios temblorosos me perdonas.

Por haber teñido de escarlata
las noches posteriores a los grafitis
que dibujaste en el cielo
y que pernoctan en un puñado de anagramas en el ombligo.

Me perdonas por clavar el peso en las espaldas,
por llamarme el frío en las entrañas
y no ser broche de telarañas
en el ancla del cuerpo me perdonas.

Por llamarse así,
por hervir el miedo en tu mirada
y calentar la sangre de los llantos,
por clamar al cielo un anatema
por trazar sonrisas me perdonas,
por aliviar la pena en las sandalias,
por teñirme roja en el verano,
por permutar la pena y trastocarme en lluvia
aguacero de otros labios...



Natalia Ruiz de Cenzano